miércoles, 30 de septiembre de 2015
No ha podido convencerme
Se fue. Se vistió tan rápido como nunca. Se quitó mi camiseta que llevaba como pijama. Se puso su ropa que estaba tirada sobre una silla de la habitación. Fue veloz.
Yo salí mientras ella recogía sus cosas y me senté en el sofá del salón esperando que aquello que parecía inminente no sucediera. De vez en cuando, con el pretexto de ir al lavabo ella se asomaba por el quicio de la puerta del salón a contemplar mi estar. El agua corría en el lavabo. El primer frío otoñal estaba del otro lado de la ventana acompañado de un cielo gris opaco. Eran las primeras horas de la tarde, pero todo estaba en silencio.
Finalmente apareció frente a mí. Con su bolso en la mano y su ropa puesta.
Mientras los segundos pasaban, una fuerza exterior oprimía mi pecho con tanta fuerza dejándome en la completa agonía. Ella estiró su mano invitándome a que me pusiese de pie. Me abrazó. Me miró otra vez a los ojos como solía hacer siempre. Ese gesto me vencía aún más. La besé y luego puse mi mano en su pecho. Ella descansó su frente sobre la mía y respiró hondo. A ella también le dolía.
Quise decirle muchas cosas, que por supuesto, no le dije. Volvimos a mirarnos y ella hizo un gesto de disculpas. No podía. Ella no podía con esa situación, y seguramente no hubiese podido con las que vendrían.
No se si fue ella o fui yo, pero alguien – el más valiente – cortó ese abrazo que dilataba la despedida. El hecho fue que cogió su bolso y me dio por un momento la espalda.
-Te acompaño hasta la puerta – le dije con voz entrecortada.
-¿Seguro?, me pregunto sin mirarme.
Avancé sin responderle. El pasillo de camino a la puerta se convirtió en los metros más extensos que alguna vez recorrí. Ella abrió la puerta y se quedó en el marco para despedirse por última vez. (No me puedo quitar esa imagen de la cabeza.) Le abracé. Me abrazó. Nos acariciamos al unísono.
Nadie sabía que decir, ni cómo hacerlo. Supongo que mi duda fue más grande que la de ella, por eso fui yo quien habló.
-Si realmente quieres que deje de buscarte, yo lo hago, yo desaparezco. Pero dímelo.
Ella miró hacia abajo, y por primera vez no pudo mirarme a los ojos. Por primera vez…
-No lo se -, me contestó. – Hizo una pausa, -Supongo que no he podido convencerte.
Claro que no, pensé. No hay fórmula posible ni argumentos suficientes para aceptar que algo se acabó, y que realmente es lo mejor para las dos personas. Porque eso implicaría razonar. Y eso, es antónimo al amor y a lo irracional que tienen los sentimientos.
Me dio un último beso. Pequeño y corto que casi fue imperceptible. Doloroso y agónico. Dulce y melancólico y a la vez determinante y contradictorio llegando a ser amargo. Finalmente se fue. Cerré la puerta y en ese mismo momento tuve el impulso de salir tras ella corriendo a buscarle. Pero no lo hice. No porque no quisiera, sino porque pensé que eso a ella no le gustaría tanto como a mí. Y una vez más, pensé en ella.
Me tumbé en el sofá y lloré. Me dolía. Todo.
Las horas pasan y con ellas los estados de ánimo. Lo que es cierto, es que siempre creo que las cosas duelen la mitad de lo que duelen en verdad.
Han pasado exactamente tres años desde aquel Septiembre en que ella me dijo por primera vez que no íbamos a vernos más. Y aquí estamos otra vez, hablándonos de amor tumbadas en la cama como si el tiempo no hubiese pasado.
Es evidente que no ha podido convencerme.
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